Introducción
El concepto de violencia ha sido trabajado por las más diversas disciplinas. Pero en sociología permanece impreciso y se lo utiliza asimilándolo a conceptos como poder, explotación, coacción y autoritarismo, además de dominación y conflicto.
Existe un interés por relacionar el tema de la violencia con la problemática del cambio social y, más en particular, de la construcción de la sociedad moderna. ¿Cuál es el significado de la violencia en el advenimiento de las sociedades modernas? ¿Qué papel le compete a este respecto tanto a la sociedad civil como al Estado?
La violencia es ineludible aunque no es ni justificable ni necesaria. Cruza tanto lo social como lo político indistintamente y es de la mayor importancia oponer su historicidad, las condiciones concretas en que se gesta, a su pretendida necesidad.
En este somero trabajo exploraremos las nociones sobre violencia derivadas de la teoría sociológica clásica en tres de sus principales exponentes: Marx, Weber y Durkheim.
Marx
Según Marx, la violencia se manifiesta en la transición entre modos de producción, actuando como mecanismo catalizador del reordenamiento de las viejas y nuevas relaciones sociales.
La acumulación originaria fue un proceso violento, pero allí la violencia jugó un papel importante al afectar a bienes y personas a partir del cambio en relaciones de propiedad. Violencia y propiedad es una asociación fundamental que establece Marx.
El proceso histórico de la acumulación originaria es una nueva relación social caracterizada por la disociación entre el productor directo y los medios de producción. Esta nueva relación social, básica para el capitalismo, es impensable en Marx como sostenida y sostenible en primer lugar por la violencia.
La violencia coadyuva entonces al surgimiento de la relación social capitalista pero la reproducción de esta es insostenible en términos del recurso permanente a la fuerza. Por el contrario, la relación social se reproduce a través de otros mecanismos que hoy denominamos como políticos o culturales.
Vale entonces la pena destacar, que la relación social de explotación no implica necesariamente la violencia y en menor medida es idéntica a ella. Lo primero es un proceso indispensable de la producción capitalista que implica que una parte del producto se transfiere de los productores, o asalariados, a los no productores o capitalistas. Esta transferencia se hace sobre la base de mecanismos que fundamentalmente no son de violencia. La violencia surge como mecanismo para implantar la relación social capitalista y en casos excepcionales como mecanismo para salvaguardarla.
En Marx, la violencia es también una forma que puede asumir el conflicto político de las clases sociales, aunque no es la única. La lucha política de clases no implica necesariamente la lucha violenta. En el campo político, el conflicto se centra en el dominio del Estado por las clases sociales. De igual manera a como sucede con la consolidación de la relación social en el campo de la producción, el conflicto político y la lucha por y desde el Estado, no se pueden concebir exclusivamente como fundados en la violencia. Esta aparece fundamentalmente en los momentos de transición de las formas de dominación, en los períodos revolucionarios, o cuando la dominación se encuentra cuestionada en aspectos centrales de su ordenamiento. La violencia es una opción de la acción política concentrada sobre el poder del Estado; depende entonces de la situación de poder o de dominio.
Las revoluciones burguesas son ejemplos de procesos de cambio social que se manifiestan claramente en la esfera política acompañados de fuertes dosis de violencia. Igualmente, las revoluciones proletarias que a diferencia de las anteriores, se conciben desde un principio como violentas en su estrategia, frente a la violencia, que por su mantenimiento desata el estado burgués. La idea es, que la dominación de clase, en última instancia, se sostiene por la violencia y solo se la puede deponer con el mismo recurso, independientemente de la buena voluntad de las partes. En síntesis, la violencia aparece también en los momentos de reordenamiento político de la sociedad, en los momentos revolucionarios sin que se pueda afirmar que la asociación entre cambio político y violencia se constituye en una relación de necesidad.
Pero la violencia política aparece también en momentos que no pueden caracterizarse como de transición o revolucionarios. Esta aparece como un procedimiento extremo, agotados otros mecanismos de dominación. La violencia política aparece entonces como un recurso extremo por el cual optan las clases en la salvaguardia de sus intereses, particularmente los de dominación. La violencia es una posibilidad del conflicto entre clases sociales que tiene significación ante todo en el campo económico y político. La violencia tiende a manifestarse en los momentos de emergencia de nuevas relaciones sociales y en los momentos de cuestionamiento de las formas de dominación.
Hay un reconocimiento en Marx del papel jugado por la violencia en la historia, pero de allí no se desprende necesariamente una valoración positiva de la violencia, aunque esta tiende a justificarse en la medida en que pueda provenir de sectores de clase dominados y por lo tanto enmarcada en procesos de liberación. Marx hace una denuncia implacable de la violencia desde los sectores dominantes. La anterior reflexión sirve para argumentar que si bien en Marx hay una desfechitización de la violencia, en ningún momento hay, ni puede inferirse una apología de la violencia.
La dominación en el conjunto de la sociedad no se puede entender como un proceso natural sino que requiere de mecanismos que garanticen su continuidad. La violencia es entonces una opción que sale a relucir dependiendo de la efectividad de los mecanismos no violentos de reproducción de las relaciones de dominación de clase.
El principal problema de la teoría esta en poder establecer la relación entre clase y violencia. Las limitaciones radican en dos puntos: el más evidente es que existen formas de violencia fundamentales en los procesos de cambio social que no se pueden relacionar prioritariamente con el concepto de clase. No solo las llamadas violencias privadas, sino también las colectivas que dependen de variables como la religión o los factores étnicos. En otras palabras, habría categorías sociales que no son las clases y que serían determinantes para el estudio de ciertos procesos de violencia. En consecuencia, la relación entre violencia y clase puede no ser fundamental. Otra limitación radica en seguir un análisis consistente entre las clases sociales, los intereses que se les pueden imputar, sus formas de acción y el recurso a la violencia.
El análisis de la violencia en Marx se centra en las relaciones de clase y en los períodos de transición social. Las diferentes violencias tienden a verse en su significación de clase y no se excluye el recurso a la fuerza en períodos de crisis social que no son necesariamente de transición. La violencia se entiende como un recurso contingente para la dominación que tiene una cierta racionalidad en su uso por parte de las diversas clases. Se tiende a justificar la violencia en la perspectiva de las clases dominadas, pero se insiste en la interpretación según la cual, la violencia tiene un papel secundario en la construcción teórica marxista.
El surgimiento de una nueva sociedad estuvo precedido, pero no causado por irrupciones violentas. Marx consideró el Estado como un instrumento de violencia bajo el mando de la clase dominante; pero el poder de la clase dominante no consistía ni descansaba en la violencia.
Weber
La problemática de la violencia en Weber va más allá de los límites impuestos por el enfoque clasista y se ubica en el contexto más amplio de las relaciones sociales de lucha, entendidas como aquellas donde… “la acción se orienta por el propósito de imponer la propia voluntad contra la resistencia de la otra u otras partes” (Weber, 1969: 31). La violencia sería un caso particular y extremo de la relación social de lucha “dirigida a la aniquilación de la vida del contrario” (Ibíd.:31).
Para un mejor desarrollo del tema, parece indispensable traer a colación el concepto de relación social, el de orden y el de legitimidad. Cualquier relación social, se reproduce sobre la base de un orden al que se acogen las partes. Este orden es un conjunto simbólico que tiene significado subjetivo para las partes, incluso en una situación de conflicto, donde hay elementos que se comparten. Así, es necesario compartir el valor de la propiedad para que se enfrenten poseedores y no poseedores.
Ahora bien, una relación social de dominación se caracteriza porque el orden en cuestión, fija quién obedece, quién se hace obedecer y sobre qué y cómo se obedece. El proceso mediante el cual esto se hace posible de manera continuada hace referencia a la legitimidad del orden de dominación y tal legitimidad puede tener fundamentos diversos.
La violencia puede entenderse como un mecanismo extremo que opera en la estructuración, sostenimiento, cuestionamiento o disolución de un orden social de dominación cualquiera. El ámbito de la violencia se encuentra así alrededor de la imposición o cuestionamiento del orden legítimo de una relación social.
La relación social que implica violencia (una relación social inicialmente definida como de lucha) se encuentra estrechamente vinculada con el fenómeno del poder y de manera más específica con el de la dominación. Él poder implica “la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad” (Ibíd.: 43). En la medida en que se ejerce efectivamente el poder, tiende a disminuir el recurso a la fuerza que se deriva de una relación de lucha o contraposición de voluntades.
Esta distinción es ante todo conceptual, pues en el ejercicio del poder, la manera de hacerse valer, no excluye en la práctica la combinación con el recurso a la fuerza. El argumento es más claro en relación con la dominación. En efecto, ésta implica una probabilidad de encontrar “obediencia a un mandato determinado” (Ibíd.:43). En una situación de completa dominación no se esperaría el recurso a la violencia. Pero es el cuestionamiento de las bases de la dominación, es el cuestionamiento del poder, concepto más general, el que remitiría a la lucha y a la violencia.
En Weber hay una concepción muy amplia de violencia que articula el concepto con los de poder, dominación orden, legitimidad y fundamentos o mecanismos de la legitimidad. La concepción de la violencia como referida al campo de las relaciones sociales no se agota en las formas interactivas de estas: las relaciones sociales estructuran formas organizacionales e institucionales como es el caso del Estado, donde la violencia juega un papel de singular importancia.
Otro tema tocado por Weber es el de la localización de la violencia en diferentes contextos de la sociedad y el papel que se le puede atribuir en un contexto de cambio social. Es de la mayor importancia destacar como la violencia está presente en todas las sociedades, en sus más diversos ámbitos, y se la utiliza en relación a los fines más disímiles.
Pero Weber encuentra una tensión en el recurso continuado a la violencia en el ámbito de la vida económica. En esto parece haber una similitud con Marx en el sentido de que la violencia tiene incidencia en la economía fundamentalmente en momentos en que las relaciones económicas están poco consolidadas o tienen un carácter inestable por su transición, pero que la reproducción continuada de las mismas no se puede entender como mediada continuamente por la violencia, por lo menos con referencia a las economías modernas de tipo capitalista. La violencia crea condiciones para el funcionamiento de una economía que no puede sustentarse sobre la violencia.
Uno de los ámbitos donde Weber encuentra más posibilidades de conexión con la violencia es el de la religión. En las más diversas religiones se pueden encontrar conexiones de sentido entre los valores religiosos, su mantenimiento o propagación y el recurso a la fuerza. Weber incluye en su sociología de las religiones un conjunto de referencias sobre el papel que la violencia puede jugar en el esquema del pensamiento religioso. Se abre así la posibilidad de examinar campos institucionales y culturales en los cuales la violencia cumple un papel preciso. Pero es en el terreno del poder y de la dominación política donde Weber desarrolla de manera más extensiva el tema de la violencia.
Hay que anotar que la comunidad política no se agota ni puede justificarse en un objetivo de carácter económico, sino en la regulación de las relaciones entre los hombres que se encuentran dentro de su ámbito. Su objetivo es la dominación. La amenaza al orden de dominación puede dar lugar a la violencia y esta puede provenir de dentro o fuera de la comunidad. Por su parte, la comunidad política tiende a monopolizar la aplicación legítima de la fuerza mediante su correspondiente aparato coactivo. El desarrollo moderno de este proceso lleva al Estado. En este, la dominación se ejerce a través de normas generales, promovidas por una burocracia que actúa con criterios administrativos y técnicos y donde el uso de la fuerza no solo se monopoliza y legitima sino que se somete a normas. Esta racionalización en el uso de la fuerza tiene una de sus máximas expresiones en el Derecho.
Economía, política, religión y derecho, la violencia puede encontrarse en cualquier ámbito y en cualquier sociedad. El análisis de Weber parte de pensar las relaciones sociales, y dentro de estas, las de “lucha” o de confrontación de voluntades. La interpretación que aquí se sostiene es la de que la relación de lucha violenta implica resquebrajamientos en las relaciones de poder y dominación, pero su campo de conflicto es el mismo: la definición de un orden legítimo para la relación entre voluntades. Este orden legítimo es inestable y, por lo tanto, en diversas medidas, el ejercicio de la dominación y el poder también suponen empíricamente el recurso a la violencia.
En Weber la violencia es una forma de buscar imposición o, contrariamente, de manifestar rebeldía siendo su resultado la estructuración de una nueva forma de dominación o poder. Los procesos de racionalización, en la esfera política por ejemplo, pueden contribuir a disminuir la magnitud de la violencia, pero siempre suponen su existencia. Así, la legitimidad del Estado hace que el uso de la fuerza sea mínimo, pero esta legitimidad descansa en el monopolio efectivo de la violencia.
Pero, de manera importante el devenir histórico no es solo “racionalización”, sino que es también conflicto entre este proceso y los movimientos de renovación “no racionales” generalmente constituidos por bases carismáticas. El conflicto entre estos dos procesos es una fuente de violencia indudable en el mundo moderno.
Con Weber los límites encontrados en la concepción clasista marxista desaparecen. El centro de atención está en los procesos de legitimación. Allí donde, por alguna circunstancia, la dominación ya no es posible y el poder se encuentra resquebrajado aparece el recurso de la fuerza. La forma que asume la violencia depende en gran medida del contexto de acción más o menos racionalizado en que se da. Este contexto es fundamentalmente el de la política, pero queda claro en Weber que el ámbito de la violencia va mucho más allá e impregna cualquier esfera de la vida social.
Durkheim
El problema central de la sociología de Durkheim es el de las condiciones que garantizan la cohesión y la reproducción de la sociedad. Los mecanismos fundamentales de producción de la solidaridad son opuestos al conflicto y la violencia. Siguiendo los criterios de distinción entre fenómenos normales y patológicos, tendríamos que tanto el conflicto como la violencia son “normales” en la medida en que se repiten en los diferentes tipos sociales y coadyuvan a su reproducción y supervivencia. Pero la concepción general de la teoría lleva a que se los considere como “patológicos”, a partir de su magnitud y efectos sobre la cohesión y la solidaridad. En efecto, el conflicto y la violencia pueden contribuir de manera decidida a resquebrajar las formas de solidaridad y cohesión más que a consolidarlas.
Se asume, en consecuencia, que la posibilidad de una teoría durkheimniana de la violencia parte del estudio de las condiciones en las cuales no se produce la cohesión y solidaridad social, es decir, de las formas patológicas de ésta.
En la sociedad moderna se desarrollan dos procesos: el fortalecimiento de la autonomía individual o de la personalidad y el fortalecimiento de la sociedad como un todo. Estos dos procesos son factibles gracias a la división del trabajo que logra una solidaridad y cohesión del conjunto, vinculando a los individuos con la sociedad e inversamente. Pero donde falla la división del trabajo estos dos procesos son fuente de conflicto y violencia.
Esto se examina en las formas patológicas de la división del trabajo, donde considero que se encuentra la teoría durkheimniana de la violencia. Una primera forma patológica esta ejemplificada por el desarrollo de una división del trabajo acentuada que no está acompañada por la normatividad que le debe corresponder a las diferentes unidades producto de la división del trabajo y a las interacciones entre ellas. En la opinión de Durkheim no es posible que cada interacción de lugar, cada vez que se lleva a cabo, a un debate sobre las obligaciones mutuas. Se requiere pautar las relaciones producto de la división del trabajo. En palabras de Durkheim: “… si la división del trabajo no produce la solidaridad, es porque las relaciones de los órganos no están reglamentadas, es porque están en un estado de anomia.” (Durkheim, 1967:313). Aquí se desarrolla una primera connotación del importante concepto de anomia: la de falta de reglamentación y sus consecuencias en las conductas individuales. Esta falta de reglamentación acompañada de división del trabajo se enmarca en un contexto de cambio social en el cual hay un desfase entre los cambios acelerados en la composición de la sociedad (o en su estructura) y la debida reglamentación. Así, en el ejemplo de la sociedad industrial, hay procesos de migración, industrialización, formación de nuevos oficios etc., que se llevan a cabo con una rapidez inusitada y que no se acompañan de su reglamentación correspondiente, promoviendo en consecuencia el conflicto.
En síntesis, parece que el problema planteado por Durkheim es el del cambio social acelerado y dominado por una división del trabajo creciente que no se acompaña de su correspondiente institucionalización. Hay dos niveles en esta problemática: la carencia de la norma como tal (institucionalización de lo social dada la división del trabajo) y la falta de claridad sobre las conductas individuales a seguir (o anomia). He aquí una importante fuente de conflicto y violencia, centrada en la no institucionalización del cambio social y sus consecuencias (de anomia y violencia) sobre las conductas individuales.
La segunda forma patológica de división del trabajo es aquella en la que se produce una normatividad, pero esta no es acogida por las partes que se caracterizan por su insatisfacción en cuanto a la posición que tienen en la sociedad. Hay un desfase entre el lugar que se ocupa en la sociedad, la normatividad correspondiente y la satisfacción individual que se tiene sobre esta situación. Durkheim de manera sintomática pone el ejemplo de la lucha de clases donde: “Las clases inferiores al no estar o dejar de estar satisfechas con el rol que las costumbres o la ley les atribuyen, aspiran a funciones que les están prohibidas y tratan de desposeer de ellas a quienes las ejercen”. (Ibíd.:318). En otras palabras, se da una tensión conflictiva entre el rol o la función que se debe llevar a cabo y la aceptación de ejecutarla. Una fuente de conflicto y violencia está de manera más general en los sectores descontentos con su situación y esto es más factible en las sociedades modernas donde: “Los sentimientos comunes ya no tienen la misma fuerza para retener al individuo ligado al grupo; (en consecuencia) las tendencias subversivas, al no tener el mismo contrapeso, se abren paso con más facilidad”. (Ibíd.:323). En síntesis, la insatisfacción o el descontento sobre el rol a desempeñar en una sociedad con alta división del trabajo es una fuente de conflicto y violencia. De manera más precisa, Durkheim indica que en una situación de descontento prima una forma de coacción “más o menos violenta y más o menos directa (que liga a los individuos a sus funciones y…. por consiguiente solo es posible una solidaridad imperfecta y perturbada”. (Ibíd.:319). Claramente hace alusión a un concepto de coacción como mecanismo de control social que trata de readecuar los individuos a sus funciones. “La coacción solo comienza cuando la reglamentación deja de corresponder a la verdadera naturaleza de las cosas y, en consecuencia, deja de basarse en las costumbres y se mantiene por la fuerza” (Ibíd.: 320).
Si cada individuo tiene el lugar que le corresponde, los intercambios entre los mismos deben mantener un principio de justicia. Esto lo expresa el contrato como una forma moderna donde los servicios intercambiados tienen un valor equivalente. La justicia asume un papel de primer orden para posibilitar la regulación del organismo social y el desarrollo cabal de la solidaridad.
En la segunda forma patológica de división del trabajo hay entonces a su vez dos factores que se destacan en su relación con la violencia: por un lado, la insatisfacción individual sobre el rol que se desempeña, y por otro lado la coacción para que la norma se cumpla. El sustrato común a la insatisfacción y la coacción es la desigualdad social “no natural” y por lo tanto injusta.
La tercera forma patológica examinada esta ligada a la idea de la necesaria correspondencia que debe reinar de las interacciones entre las unidades producto de la división del trabajo. Debe existir un equilibrio entre lo que produce una unidad y los requerimientos de la unidad con la que esta interactúa. En efecto, la violencia en la unidad atrofiada aparecería cuando, además de la atrofia, se presentan las condiciones examinadas en las dos primeras formas patológicas de división del trabajo.
Volviendo sobre la reflexión inicial, hay dos categorías que se producen en el mundo moderno: la de sociedad y la de personalidad. Para Durkheim la cohesión social depende de la articulación entre ambas, de la solidaridad que se puede establecer entre ellas. La falta de normatividad es fuente de conflicto y violencia, como también lo es una normatividad que no es internalizada y por esta vía aceptada por los agentes sociales. Hay entonces dos niveles en una posible teoría de la violencia en Durkheim: aquel que subraya la necesidad de institucionalizar un campo normativo que dirima de manera no violenta el conflicto, que regule en este sentido la vida social, y aquel que subraya la dimensión más individual de la aceptación de la normatividad. Sociedad y personalidad o carencia de personalidad y anomia pueden ser entonces fuente de conflicto violento. La importancia del enfoque durkheimniano sobre la violencia solo se puede apreciar al examinar la bibliografía contemporánea y ver como gira alrededor de planteamientos hechos por Durkheim, en la mayoría de los casos, o en polémica con él.
Se reproducen argumentos de diferente matiz, que tienen por denominador común la idea de que el cambio acelerado o la modernización no se acompañan de los debidos cambios institucionales y crea en los sectores sociales producto de esta modernización incompleta, los sectores marginados por ejemplo, situaciones de descontento donde tienen gestación los procesos de violencia.
La violencia para ser normal requiere que sea funcional para el todo. Pero al traspasar este límite, la violencia tiende a concebirse como algo externo en lucha contra el orden social existente que no se concibe como factor de violencia. Este es un punto crucial para la teoría de la violencia que, en mí opinión, si es recogida por las perspectivas marxista y weberiana.
A modo de conclusión
Salta a la vista la influencia del pensamiento sociológico clásica en los trabajos contemporáneos sobre violencia. Para la mayoría de los autores que aquí se han revisado esta relación es casi evidente para el caso del pensamiento durkheimniano. En el caso de autores como Charles Tilly y Franz Fanon, la herencia marxista es notable. Adicionalmente, en el primero de estos, su reelaboración de la teoría de la “solidaridad” solo puede entenderse con el concurso del pensamiento weberiano, en los énfasis sobre la acción colectiva, la organización, la formación del estado entre otros.
Insistir en relacionar la violencia con la dominación y el poder de manera simple y mecánica sería errado, según la propuesta de Hannah Arendt quien opone conceptualmente poder y violencia. En efecto, las expresiones más acabadas de poder y dominación no requerirían en sentido estricto de violencia, ésta aparece con el cuestionamiento del orden de la relación social y por lo tanto en la búsqueda por mantenerlo o subvertirlo. Hay violencia en el conflicto, sólo para establecer una relación de poder o más específicamente de dominación.
En otras palabras es fundamental partir del reconocimiento de la existencia del poder y de la dominación y mirar la violencia como una forma que aparece allí donde impera la arbitrariedad. La institucionalización del conflicto es una forma importante de contrarrestar la violencia.
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