Aunque Auschwitz no podía preverse, algunas de sus premisas podrían detectarse mediante análisis o intuiciones aisladas. Max Weber sentó los hitos para pensar los regímenes totalitarios del siglo XX indicando los peligros de una racionalización del mundo que se transforma en dominación burocrática y en una nueva era de esclavitud; Franz Kafka representó el abismo que se abre en el mundo moderno entre la humanidad y esa aplastante «máquina burocrática», cuyas primeras víctimas serían los más débiles, esos que serían exterminados «sin haber hecho nada malo»; Walter Benjamin subrayó el carácter destructor de una tecnología sometida a un proyecto imperialista de dominación del hombre y la naturaleza. Ni Weber, ni Kafka, ni Benjamin podían imaginar Auschwitz; sus intuiciones sólo se ven detectables a posteriori. Hoy sabemos que la realidad puede superar la imaginación más fértil.
Enzo TRAVERSO, La historia desgarrada. Auschwitz y los intelectuales. Barcelona, Herder, 2001, p. 77-78
¿Tecnología violenta?
Las sociedades humanas existen en un determinado espacio, en un determinado tiempo, los grupos sociales que la constituyen son mutables; y leyes, instituciones, visiones del mundo, etc., son provisorias, se encuentran en constante dinamismo y son potencialmente transformables. De esta misma forma, la violencia es una construcción social e histórica. Difícilmente se llevan a cabo acciones violentas hoy en día, sobre todos las que son social y políticamente relevantes, sin un fuerte recurso a la tecnología.
La forma más restringida de entender la violencia supone identificarla con actos de violencia entre personas concretas, fundamentalmente actos de violencia física. Ahora bien, esta forma de entender la violencia excluye otras manifestaciones de carácter no estrictamente físico, pero cuya gravedad es frecuentemente destacada, como en el caso de la violencia psicológica. Así, estamos corriendo el riesgo de emplear un concepto excesivamente restringido de la violencia.
Entendamos entonces por violencia, al comportamiento deliberado de un individuo o grupo que atenta contra la dignidad, la libertad y la integridad física y psíquica de otro individuo o grupo, buscando producir dolor o limitación a su bienestar o al libre ejercicio de sus derechos. Puede ser una acción, pero también omisión, mediante la cual se intenta imponer la voluntad propia (Stoppino, 1997). ¿Podemos pensar que la tecnología es neutral respecto a los fines que se persigan, y que no hay tecnología intrínsicamente violentas sino que pueden usar de manera violenta o de manera no violenta, dependiendo sólo de quienes sean los usuarios, cuales sus propósitos y cómo usen de hecho las técnicas o los instrumentos en cuestión?
La tecnología como constituida sólo por un conjunto de aparatos, los cuales son neutrales respecto a los fines que se persiguen, sería una visión muy limitada de la tecnología. Un análisis más complejo arrojará como conclusión que no podemos pensar en la tecnología como si fuera únicamente un medio que se pone en juego para obtener ciertos fines, sin estar ella misma imbricada con esos fines (Quintanilla, 1996). Algo que es muy importante entender respecto a la tecnología es que las personas y los fines que persiguen forman parte de los sistemas tecnológicos mismos, al igual que los conocimientos y creencias que se ponen en juego al operar ciertos sistemas. Los sistemas técnicos están formados por conjuntos de creencias, conocimientos y acciones intencionales orientadas hacia la transformación de objetos concretos (Quintanilla, 2005).
Las técnicas son sistemas de habilidades y reglas que sirven para resolver problemas. Las técnicas se inventan, se comunican se aprenden y se aplican. Los artefactos son objetos concretos que se usan al aplicar técnicas y que suelen ser el resultado de las transformaciones de los objetos concretos. Los artefactos se producen, se fabrican, se usan y se intercambian. La conducta de una persona es una cosa concreta, y puede ser un artefacto de un sistema técnico y de la aplicación de técnicas de manipulación psicológica o ideológica. Los sistemas sociales son cosas concretas, Así, tenemos que hay técnicas que se aplican con la intención de controlar. La tecnología pues, abarca técnicas, sistemas técnicos y artefactos, y todos ellos son creados por seres humanos expresamente para dominar, controlar y transformar objetos concretos, sean naturales o sociales.
Pero los resultados de la operación de un sistema técnico forman parte del mismo. Los resultados pueden ser aparatos o pueden ser sucesos, procesos dentro de un sistema, o modificaciones de un sistema. Los estados de un sistema, los procesos o los sistemas completos producidos artificialmente son artefactos. Los artefactos, pues, no se reducen sólo a los aparatos, y son piezas importantes de la tecnología. Pero más aún, la noción de tecnología no se reduce a la de artefacto. Por esto los problemas de la relación entre tecnología y violencia no se reducen al posible uso (violento) de los artefactos. Los artefactos mismos pueden ser violentos. En este caso el artefacto es él mismo un hecho violento.
De la extensión del cuerpo a su indefensión total: las armas
Las armas de la violencia no son solamente la piedra, el hierro, la pólvora o las máquinas; también lo son las formas de usarlas: el saber y el poder saber. La astucia y la insidia humanas. El concepto de tecnología comprende más que las cosas.
El arma se adapta al desarrollo de la acción y a la organización de la violencia. Su poder destructor sólo se hace efectivo cuando es empleada, cuando se la pone en movimiento, cuando se la dispara. Sólo el acto humano la hace salir del estado de potencialidad y ser lo que es, un instrumento de destrucción de los hombres y del mundo.
El arma hace posible la violencia, a la vez que la limita, pues cada instrumento no sirve para cualquier fin. Como todo artefacto técnico, el arma también preestablece su uso, determinando así el acto. La acción debe adaptarse a los medios. No sólo el fin busca sus medios, también los medios buscan sus fines. Pero el arma no es sólo un medio para un fin. Su valor no se mide por su efectivo poder de destrucción. El arma es también portadora de significaciones, tiene valor cultural. Es a la vez violencia materializada y violencia simbólica. Es demostración de poder y fuerza. Las armas se exponen, se admiran y se decoran con toda clase de ornamentos carentes de la más mínima función técnica. Las armas son alabadas y bendecidas, y también aborrecidas, boicoteadas y condenadas (Sofsky, 2006).
La finalidad de toda arma es ocasionar daños y sufrimientos. El arma es instrumento y signo de la muerte. Por eso modifica la situación del hombre en el mundo y transforma sus relaciones con el espacio y el tiempo, con sus semejantes y consigo mismo.
El arma más sencilla es el cuerpo humano. Cada uno puede ser peligroso para los demás por que el cuerpo humano es un arma potencial. El cuerpo puede ser instrumento de violencia. Pero el cuerpo es también el que sufre la violencia. El hombre es víctima de la violencia porque es cuerpo. Es capaz de ejercer la violencia y es susceptible de padecerla. De ahí su urgencia de protegerse, y de ahí su necesidad de oponer a un arma ofensiva un arma defensiva. No puede bastarse con el cuerpo que tiene. Para conservarlo debe ampliarlo. La técnica y la cultura de las armas brota de la mayor imperfección del ser humano: tener un cuerpo mortal.
En las armas de guerra se puede reconocer que principios guían la construcción de los instrumentos de la violencia y en que medida sus características responden a la naturaleza del ser humano.
El primer principio es el de la ampliación. El hombre aumenta el radio de acción y el efecto de su violencia. De ese modo puede causar más daños que sólo con su cuerpo. Pero con la conciencia del propio poder aumenta la predisposición de la violencia. Es un objeto técnico con el que el hombre se crea una imagen ideal se sí mismo. El arma materializa el ideal de su cuerpo. Como instrumento y como símbolo de lo que uno es, el arma es mucho más que un objeto útil. Adornando sus armas, los hombres celebran que pueden ser más de lo que son.
Pero cuanta más maestría exige un arma, tanto más se convierte su manejo en un privilegio de especialistas. Podríamos decir que, la base de la desigualdad social no es la propiedad, sino el arma. Ella divide a la sociedad en armados y desarmados. Cuando mayor es su potencia, más se asemeja el ejercicio de la violencia al trabajo de un técnico. El hombre trabaja con la máquina violenta y trabaja también en ella. El acto de violencia lo ejecuta el artefacto. La mecanización de las armas hace cada vez más superflua la violencia del individuo. La fuerza, los sentidos y los pensamientos del individuo han pasado a los sistemas automáticos. El hombre ha delegado en el artefacto la violencia de que es capaz su cuerpo. Lo que había comenzado siendo una ampliación activa del cuerpo termina con la indefensión total de él (Sofsky, 2006).
Muchos artefactos alejan al que los utiliza del lugar de la acción. El arma con mira telescópica acorta la distancia hasta suprimirla. Su principio no responde sólo a la ley de la ampliación del propio cuerpo, sino también a necesidades de autoprotección. Quien puede disparar sobre el otro sin exponerse a que el otro dispare sobre él, está fuera de peligro. Los ojos y oídos de los aparatos amplían cada vez más su alcance. Pero el proyectil convierte el espacio en trecho, en trayectoria y en una zona de devastación que puede extenderse en decenas, centenares o miles de kilómetros. Aunque el ejecutor de la acción violenta se halla a distancias cada vez mayores, su arma es un peligro inmediato. Ésta lanza un proyectil, y, libre de la fijación a un lugar, transmite su violencia a través del espacio.
El radio de acción de los proyectiles puede ampliarse de dos maneras: aumentando su fuerza de propulsión o transportando el arma que lo dispara. La superación de las distancias requiere una infraestructura de movilidad. Aquí, el proyectil y el vehículo forman una nueva unidad. El avión armado de artillería o de bombas no es un simple vehículo, sino también un arma. En casos extremos, el hombre mismo se transforma en un proyectil. Hombre, arma de destrucción y arma de transporte forman una unidad indisociable, un sistema de hombre y artefacto.
El arma de gran alcance no sólo traslada el horizonte; también conquista el espacio vertical. El ataque vertical corta las vías de fuga y amenaza a las antaño seguras retaguardias. El peligro envuelve al hombre, pues se encuentra en todas partes, delante, detrás y arriba. Mientras que el territorio de la violencia se amplia cada vez más, la víctima queda inmovilizada en su posición. El arma de gran alcance es el arma de la masacre tecnológica. A una distancia segura, un solo individuo puede matar a muchos otros. Nunca verá sus cuerpos sangrantes o destrozados. Y las víctimas no ven de donde proviene tal violencia. Entre el agresor y la víctima hay una anomia y una asimetría perfectas.
La velocidad misma es un arma. La víctima es más lenta que el agresor. La víctima es sorprendida porque la violencia es rápida. Los lugares son tan sólo punto de partida y de llegada, estaciones provisionales. El espacio se queda en espacio de tránsito, que es atravesado con la máxima celeridad posible. Sustentada en una extensa red de comunicaciones y un amplio sistema logístico, puede actuar en cualquier parte. Hoy en día sólo en unas pocas guerras se utilizan las últimas tecnologías. De ahí que las partes contendientes recurran a la concentración masiva de sus fuerzas destructivas.
La fuerza de penetración puede aumentar gracias a los artefactos, pero también a los cuerpos sociales. La organización, la instrucción y la disciplina se han contado siempre entre las armas más eficaces de la violencia. La destrucción masiva se logra también con medios técnicos: los materiales explosivos y los grandes calibres, la rapidez del tiro o la multiplicación de los proyectiles. Actúan sobre una superficie, no sobre un punto. Quien se encuentra en la zona afectada, apenas tiene posibilidad de sobrevivir. La violencia no es aquí nada selectiva. La destrucción masiva no hace distinciones. Es tan violenta, que el propio proyectil se desintegra cuando se impacta.
A la destrucción se opone la obstrucción. El reverso de la violencia destructiva es que los hombres inventan artefactos contra los cuales la violencia rebota, artefactos que interrumpen las trayectorias de los proyectiles y protegen los cuerpos humanos. El principio de la obstrucción no es el ataque, la velocidad o la aniquilación, sino la protección y la defensa. Su finalidad no es el movimiento, sino la inmovilidad, no la irrupción, sino el bloqueo. La protección comienza con el blindaje del propio cuerpo. Se fortifican las poblaciones y rodean las ciudades de murallas de piedra, torres, bastiones y baluartes. Pero estas sólidas fortificaciones siempre acabaron derribadas por la acción de nuevas formas destructivas. El principio de aniquilación casi siempre ha resultado ganador en esta carrera entre destrucción y la obstrucción.
La acción recíproca de la destrucción y la obstrucción cambia la dirección de la violencia. Ésta ya no se ejerce directamente sobre el cuerpo humano. La guerra de los cuerpos se retira y entra en escena la guerra de las armas. Pero entonces, la guerra de defensa pasiva no es suficiente. Los hombres necesitan armas que destruyan armas que destruyan las armas de los enemigos.
La oposición entre protección y destrucción desaparece en la medida en que la misma arma puede cumplir las dos funciones. Los sistemas multifuncionales reúnen una notable capacidad de autodefensa, una gran capacidad ofensiva y una alta velocidad.
El último principio constructivo es el de la ocultación. Se busca el engaño, la apariencia contraria, la ocultación el enmascaramiento. El camuflaje hace desaparecer el cuerpo; no lo protege por envolverlo, sino por su mimetismo. Hace realidad el sueño de la protección perfecta, el sueño de no tener un cuerpo. El cuerpo es mortal. Pero, bajo la vestimenta que le camufla, es invulnerable. La máscara es un arma. Y sirve también para enmascarar las armas. El atentado se perpetra siempre con armas enmascaradas. La alta tecnología utiliza las armas del débil. Combina la aniquilación con las insidia, la rapidez con la malicia, la fuerza con la astucia.
Las armas de la violencia están construidas conforme a esquemas universales. La ampliación del cuerpo y la superación de las distancias, la velocidad y la sorpresa, la destrucción, la obstrucción y la ocultación de todas las armas. Todas tienen su fundamento antropológico en la oposición entre capacidad de destrucción y capacidad de protección, en el hecho de que el cuerpo humano puede dañar y ser dañado.
La inventiva humana ha creado innumerables artefactos para superar esta oposición; y no dejarán de hacerlo mientras no se haya aún disparado la más devastadora de las armas, la que acabará con todo, amigos y enemigos, militares y civiles, débiles y fuertes.
Los implementos de la violencia instrumental
En la propuesta de Hannah Arendt está la idea de que la violencia forma parte del desarrollo tecnológico de las sociedades, en la medida que retiene su carácter instrumental. Seguidora de la corriente teórica marxista, dice que la violencia se distingue del poder, de la fuerza o del poderío en que siempre requiere implementos (Romero, 2006). Así, señala Arendt que la revolución tecnológica, una revolución en la manufactura de instrumentos, destacó en el campo bélico. La violencia se distingue por su carácter instrumental. Se aproxima al poderío, ya que los implementos de la violencia, como las demás herramientas, se diseñan y emplean para multiplicar la fuerza natural hasta llegar a sustituirla en la etapa final de su desarrollo. “Tanto en las relaciones exteriores como en cuestiones internas, la violencia aparece como el último recurso para mantener intacta la estructura del poder frente a unos retadores individuales. Si la violencia es instrumental, necesita, como todos los medios, de la dirección y de la justificación que proporciona el fin que prosigue” (Arendt, 1970).
El terror no es lo mismo que la violencia: es, más bien, la forma de “gobierno” que nace cuando la violencia, una vez invertidos los medios y los fines tras destruir todo poder, en vez de abdicar mantiene el control absoluto. La eficacia del temor depende casi completamente del grado de atomización social. (Cueva, 2006). “La sustancia misma de la acción violenta está determinada por la categoría de medios -y- fin, cuya característica principal, en cuanto a los asuntos humanos, es que el fin está en constante peligro de dejarse abrumar por los medios que justifica y que son precisos para alcanzarlo” (Arendt, 1970).
Existen investigaciones donde la definición antigua de hombre se conceptualiza como animal racional, según la cual nos distinguimos de las demás especies animales por poseer el atributo adicional de la razón. Según la perspectiva que asume Arendt, la violencia es racional en la medida en que sirve para resolver problemas de alcance medio, donde únicamente permite hacer ciertas reformas, pero no debe usarse a largo plazo porque se desconocen sus consecuencias.
Si bien destacó el hecho de que la violencia se constituye a partir del uso de los instrumentos, sin asumir la intervención de un grupo numeroso, la violencia activa una fuerte atracción de los individuos en el conjunto del grupo, en el cual no sólo se genera un sentimiento de seguridad, sino también el del anonimato de la responsabilidad de la acción colectiva. Según esta definición, a ningún actor en particular se le atribuye la acción de la violencia: todo queda dentro de los límites impuestos al grupo.
En la perspectiva de Hannah Arendt la violencia se produce en contextos sociales en los que el poder del Estado se encuentra en peligro de derrumbarse o entrar en crisis cuando es atentado por un actor social local y/o por naciones extranjeras. Es decir, la producción de la violencia del Estado y cuando los recursos del poder han quedado proscritos.
Racionalidad instrumental: la industria de la muerte
El filósofo Isaiah Berlin se refiere al siglo xx como “el más terrible de la historia occidental”; el siglo en el que, ahora según Hobsbawm “se ha dado muerte o se ha dado muerte o se ha dejado morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro periodo de la historia” (Hobsbawm, 1999). Esta apreciación sin duda compartida con otros filósofos, historiadores y políticos, sin duda se refiera a la multiplicación de las guerras, las matanzas masivas, la muerte serial de los campos de concentración y la violencia tecnológica como fenómenos que signaron el siglo y que fueron, a su vez, elementos clave de la dominación totalitaria; todos ellos por su parte permanecen en el mundo actual.
Si en otras guerras el acto de matar o morir era un “cara a cara y cuerpo a cuerpo” con el enemigo, en 1914 comienza con un fenómeno distinto: la muerte en la guerra deja de ser heroica para convertirse en anónima, a distancia. La figura del combatiente que se honra después de la guerra, es precisamente, la del “soldado desconocido”; hay una pérdida del rostro del soldado y, consecuentemente, una deshumanización del enemigo (Traverso, 2001). La incorporación de nuevas tecnologías no es ajena a este proceso de “distancia” y “deshumanización”. Si la distancia de una trinchera a otra impedía ver al otro, las nuevas armas permitían exterminarlo si entrar en contacto directo con él. Se trata así de una masacre anónima, cotidiana, planificada. La brutalización de la guerra estuvo relacionada con esta “distancia” del otro, la lucha se estableció como una lucha a muerte, hasta el agotamiento total.
La figura del genocidio, que se asocia casi invariablemente con la Segunda Guerra, de hecho ya aparece en el contexto de la Primera Guerra, con el asesinato de 1.5 millones de armenios por parte de los turcos. Se trata, por primera vez, del intento de exterminar a todo un pueblo, de borrarlo de la faz de la tierra por considerarlo “sobrante” de la humanidad.
Después del periodo de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial significó el paso de la guerra masiva a lo que Eric Hobsbawm y otros autores han calificado como guerra total. La guerra total implicó el exterminio de una vastísima población, que incluía a los grupos considerados “sobrantes” en la sociedad europea -en particular judíos y gitanos-, así como el desarrollo de tecnologías de exterminio; masivas y eficientes, como medio de garantizarlo.
La industrialización de la muerte y la destrucción se sustentaron y propiciaron un mayor desarrollo tecnológico asociado a la guerra. El fenómeno de despersonalización de la muerte e “invisibilización” de las víctimas se profundizó. Todas estas “innovaciones” acentuaron un rasgo de la Primera Guerra: la producción de la muerte masiva como parte de una desición remota, ligada a procesos rutinarios y burocráticos que no involucran la vida de los tomadores de decisiones. La guerra masiva total, que requirió de una producción masiva que la sostuviera, desencadenó también la muerte masiva y serial de los campos de concentración, símiles siniestros de la empresa industrial, técnica y burocrática. Se trataba de un gran dispositivo industrial, de producción de la muerte y desaparición de los otros. Un mecanismo de producción industrial basado en la más desarrollada técnica de la época y administrado por una burocracia disciplinada, cruel y mediocre.
La Segunda Guerra fue la mayor catástrofe, no sólo por la violencia tecnológica, impersonal e incontrolable que desató sino por la naturalización de la matanza, la tortura y todas las formas de atropello de la dignidad humana. Se podría decir que la Primera Guerra es el inicio de un “cambio antropológico” que se sella con la Segunda Guerra y que permanecerá por mucho tiempo como memoria del terror.
El terror provocado por la dominación totalitaria y la guerra total se cierra con otro acto también aterrador e igualmente representativo de la capacidad exterminadora del mundo moderno y su tecnología: el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El horror de Hiroshima no reside en sus víctimas, sino que abre la era del terror por la posibilidad de un holocausto nuclear. En el ataque sobre Hiroshima se condensan muchas de las características presentes en las dos guerras: afectación indiscriminada de la población civil, masacre tecnológica, distante, fría e innecesaria, y la preservación de la propia fuerza militar a cualquier costo. No es casualidad la expresión que se refiere al “holocausto nuclear” como acto de memoria que vincula el intento de exterminio de un pueblo con la posibilidad de exterminio de la especie.
La guerra de Vietnam es “una de las cuatro masacres que más claramente encarnan la modernidad de la barbarie” (Lowy, 2003). Las otras tres son, según el autor, el genocidio nazi contra los judíos y los gitanos, la bomba atómica de Hiroshima y el Gulag stalinista. La peculiaridad de la guerra de Vietnam, con un costo de 2 millones de vidas, fue “atroz” por el número de víctimas civiles exterminadas, por los bombarderos, el napalm y las ejecuciones colectivas; constituye sobre todo, una intervención extremadamente moderna: basada en una planificación ‘racional’ -con computadoras y un ejército de especialistas- movilizó un armamento sumamente sofisticado. Como el caso de Hiroshima, la masacre no fue un fin en sí mismo sino un medio político.
A modo de conclusión.
Providencialismo tecnológico: el Progreso.
Un miedo excesivo paraliza, aterra, enajena, no permite pensar en libertad. Parece que un temor insuperable respecto a la inseguridad del mañana imprevisible es el componente determinante de una mentalidad que neutraliza el azar. La creencia contrapuesta de un porvenir siempre mejor, infunde una temeraria confianza que priva siquiera de vacilación ante un posible extravío. La creencia de haber desentrañado las leyes de la historia y de transitar con el aval de la ciencia en la carrera del progreso, hizo del pasado un siglo optimista y confiado. En este mito cosmogónico de la modernidad sobrevive la creencia de la Providencia. En nuestros días sigue siendo generalizada la creencia en que la actividad científica, extraña a los productos de la invención, avanza por descubrimiento de los secretos de la naturaleza, como lo creía la mayoría del medio científico hasta no hace mucho.
Cabría pensar que el antídoto para el “homo demens” se encuentra en el “homo sapiens”, en la razón, pero la racionalidad no puede definirse de una manera unívoca. A menudo, la racionalidad en que creemos movernos es sólo racionalización, un sistema enteramente lógico, pero al que le faltan las bases empíricas que permitan justificarlo. Y sabemos que la racionalización puede servir a la pasión, y llevarla hasta el delirio. Existe un delirio de la racionalidad cerrada sobre sí.
Como las ideas, las técnicas nacidas de los humanos se vuelven contra ellos. Los tiempos contemporáneos nos muestran una técnica que se desata y escapa a la humanidad que la ha producido. Nos comportamos como aprendices de brujos. Además, la técnica aporta su propia barbarie, una barbarie del cálculo puro, frío, helado, que ignora las realidades afectivas propiamente humanas (Morin, 2006).
La barbarie no es sólo un elemento que acompaña a la civilización, sino que la integra. La civilización produce barbarie, en particular la barbarie de la conquista y de la dominación. En la actualidad, nos hemos dado cuenta de que no todo el universo puede ser sometido al determinismo. Esto prueba que existe una racionalidad crítica que evita las trampas de la racionalización, una racionalidad autocrítica que asocia razón, conocimiento y autoexamen del sujeto. Las enfermedades de la razón no se deben a la racionalidad en sí misma, sino a su perversión en la racionalización y a su cuasi deificación.
La instrumentalización de la razón, colocada por ejemplo al servicio de fines totalmente irracionales y bárbaros como la guerra, participa de otro tipo de racionalización. De hecho, lo que hay que ver por detrás de todas las racionalizaciones es, además de la ausencia del pensamiento crítico y autocrítico, el olvido de nuestra propia naturaleza.
Esta época de mundialización implica graves peligros. Como siempre, civilización y barbarie vienen asociadas. Asistimos al retorno de violencias étnicas, nacionales y religiosas en una gran cantidad de países y regiones. Algunas de sus manifestaciones pueden hacernos pensar que una guerra de las religiones o una guerra de las culturas, hasta de las civilizaciones, es posible. Esto muestra nuevamente que la mundialización presenta rasgos contradictorios y hasta divergentes. Asistimos a la vez a una universalización tecno- económica y a resistencias que comprenden el retorno a las religiones y cultos particularistas.
Una idea ha empezado a despuntar en las últimas décadas del siglo xx, aunque sus orígenes son antiguos: la de una nave espacial, la tierra, donde navega la humanidad. Esta nave es propulsada hoy por cuatro motores: ciencias, técnica, economía y ganancia, y esos motores no están bien controlados. No me inscribo en un pensamiento binario, y no digo que la ciencia es mala, al contrario, pero digo que ha desarrollado poderes de destrucción inauditos e incontrolados. El desarrollo tecno- económico actual produce la degradación de la biosfera que a su vez arrastra la degradación de la civilización humana. Dicho de otro modo, la nave espacial va hacia una catástrofe sin que nada pueda controlarla.
A lo que deben conducir las trágicas experiencias del siglo xx, es a una nueva reivindicación humanista: que la barbarie sea reconocida como tal, sin simplificación ni falsificación de ningún tipo. Lo que importa, no es el arrepentimiento, es el reconocimiento. Este reconocimiento debe pasar por el conocimiento y por la conciencia. Hay que saber lo que realmente ocurrió. Hay que tener conciencia de la complejidad de esta tragedia colosal. Nos encontramos con un hecho de guerra que contiene un ingrediente de barbarie suplementaria: los progresos de la ciencia han sido puestos al servicio de un proyecto de eliminación tecno-científica de una parte de la humanidad.
Nada es irreversible, y las condiciones democráticas humanistas deben regenerarse de manera permanente, de lo contrario degeneran. La democracia necesita recrearse de manera permanente. Pensar la barbarie es contribuir a recrear el humanismo. Por lo tanto es resistirse a ella.
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