En mi lejana infancia esta escena me pareció desgarradora:
Pepe,el Toro, se volvía casi loco cuando su pequeño moría a causa de un incendio en la vivienda que habitaba en esa vecindad de la Ciudad de México en los años cincuenta. Recuerdo que la escena, a los seis-siete años, era desgarradora. Después, lo esperpéntico de la trama de la trilogía de Ismael Rodríguez se volvería motivo de chacota para adolescentes que no se veían reflejados en esa educación sentimental dirigida a un público de otra época y sensibilidad.
Sin embargo, a pesar de que tuvo que esperar, la justicia le llegó a Pepe, el Toro; lo que tuvo que ejercerla por mano propia. Pero eso era en los cincuenta. Hoy vivimos en un Estado de derecho. Se supone que la justicia es un derecho básico de la ciudadanía. Nadamás hay que oír a los candidatotes (es tiempo de elecciones) llenarse la boca de palabras que algún día significaron algo: justicia, igualdad, equidad. Uno piensa eso, mientras aparecen las imágenes desamparadas de los dos chivos expiatorios. Mientras toma conciencia de que la escena de Pepe, el Toro (Ismael Rodríguez, 1953), no volverá a ser lo mismo para algunos.
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