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ostromo fue, y sigue siendo, el nombre que Joseph Conrad decidió ponerle a una de sus novelas más importantes, en alusión directa al sobrenombre, equívoco, de su héroe, cuya significación moral también es equívoca. ¿Cuál es, cabe preguntarse hoy, cien años después, la moraleja de ese libro fantástico que cuenta una historia que transcurre en Costaguana, tipo ideal de Nuestra América? ¿Tiene acaso alguna moraleja, cualesquiera que sea, ese inquietante libro…?
Joseph Conrad fue, y sigue siendo (porque por ahí anda, no tenemos dudas), un aventurero-escritor, originario de cierta región de Europa oriental que, como tantas otras regiones del mundo, vio desplazarse las líneas de las fronteras innumerables veces, traumática, sangrientamente. Como aventurero, estuvo en muchas partes; como escritor, y a semejanza de tantos otros, estuvo casi siempre fuera de lugar, escribiendo incansable y magistralmente en una lengua que, en principio, no era la suya. Perplejo, asistió al despliegue de la locura en su mundo, no tan distinto al nuestro. Seguramente presenció todo aquello con ojos “de occidental”, porque eso era, a fin de cuentas; no obstante, fue capaz de problematizar su propia mirada e, incluso, de someter a implacable escrutinio a esa misteriosa y contradictoria entidad que, todavía hoy, y quizá a falta de una onomástica mejor, llamamos Occidente.
Nosotros, que estamos interesados en el porvenir y por lo mismo en la historia de América Latina, somos y no somos Nostromo. Somos y no somos Occidente. Somos y no somos modernos. Somos y no somos barrocos. Somos y no somos civilización o barbarie. Somos y no somos Ariel o Calibán. Somos y no somos Vilcabamba. Somos y no somos laberinto. Somos y no somos mito revolucionario. Somos y no somos vanguardia. Somos y no somos Borunda. Somos y no somos Conrad. Tenemos –simple es notarlo- algunas dudas sobre nuestra verdadera ubicación en las turbias aguas de este océano revuelto, lleno de magia y de basura. Seguramente por eso elegimos asociarnos a Conrad y compañía: siempre espectrales, siempre extraños, siempre nómades, sirviendo de combustible a la hoguera de la vida. En contrapartida, sabemos mejor algunas cosas menos elementales. Sabemos, por ejemplo, que el lugar donde estamos instalados está signado por el malestar –del cual proviene una incauta rebeldía-, por la incertidumbre –de la que brota una incontenible avidez de brújula que, estamos seguros, no pasará jamás de ser un deseo-, y por un urgente afán de saldar cuentas –ya iremos viendo con quiénes. Sabemos, además, que posiblemente por eso nos llamamos Nostromo, porque nos reconocemos en ciertos afanes de esa extraña e ideal típica obra cuyo héroe es ese inclasificable y perturbador personaje producto de la imaginación de ese exuberante y colosal novelista; sabemos, también, que posiblemente por lo mismo decidimos dedicar nuestro primer número a explorar el incandescente problema del parricidio intelectual, de su sentido, de su eventual, de su casi segura actualidad. Porque la mejor metáfora para hablar sobre las relaciones entre las generaciones no es la de la ronda, ni la del rondó, ni la del vals, sino la de la noche en el monte calvo, desaforado alud de motivos contrastantes, que no armonizan, que no concilian, que no integran nada si no es a partir del desgarro redentor. (Escolio: somos y no somos las brujas de Mussorgsky; no somos –claro que no-, pero quisiéramos ser –por supuesto-, los bronces que braman el motivo principal del monte calvo).
Aparece así este objeto cultural que es Nostromo. Revista Crítica Latinoamericana. Un objeto elaborado desde un espacio que se plantea preservar alguna distancia tanto de las convenciones disciplinares como de las institucionalidades académicas, -nada de lo cual significa que nos privemos de expresarles, a todas ellas, oportunamente, nuestra obligada pero invariablemente recelosa gratitud. Aparece así este objeto cultural cuyo nombre es, por ahora, un mero significante vacío, al que sólo impostergables trabajos colectivos irán llenando de sentido y, en el mejor de los casos, justificando retrospectivamente. ¿De qué manera? Todavía no alcanzamos a divisarlo bien; espesa es la bruma circundante. Una revista de temas latinoamericanos que se divide, algo clasicamente, en cuatro grandes secciones: Nudos (dedicada, cada vez, a un tema específico, en este caso el parricidio intelectual), Navegaciones (con secciones fijas sobre Política –en este caso, con un minidossier sobre Venezuela-, Letras –en esta oportunidad, con una entrevista a Andrés Rivera, Bitácora –esta vez, con un cuento largo: El Botho, y Cultura, con notas sobre arte, música, cine), Barlovento (reflejo de distintos debates que imaginamos espinosos) y Sotavento (comentarios de libros y otras cosas). Al paso de éstas, se exhiben unas estupendas ilustraciones en tinta, generosamente cedidas por Aníbal Delgado.
Por ahora, hacemos Nostromo un grupo de latinoamericanistas de procedencia geográfica distinta y de diversa filiación generacional, cuyo lugar de residencia, principal pero no exclusivamente, es la ciudad de México. El énfasis hay que colocarlo en el por ahora, dado que al final esperamos que nuestro objeto no sólo dure en el tiempo, sino que además extienda por todas partes, e indefinidamente, sus desde ya sospechosos tentáculos. Lo de indefinidamente es por lo demás relativo: este objeto que es Nostromo se ha propuesto a sí mismo aparecer sólo una docena de veces, para tratar exclusivamente otros tantos temas, que juzgamos cruciales para el latinoamericanismo de nuestro tiempo. Después, se verá. ¿Será este tiempo, el tiempo de estas doce apariciones, el tiempo de Nostromo…?
Colectivo Nostromo